nuevos envoltorios para viejas emociones

En los talleres con jóvenes es frecuente que aparezca la legitimación de los celos como si formaran parte del amor. Incluso convertidos en condición y manifestación de amor: “Si no tiene celos y me los demuestra, no me quiere”. La letanía es vieja: posesión, inseguridad, desconfianza, aislamiento social de la pareja, mecanismos de control… Cambian los soportes y las tecnologías pero las obsesiones y su finalidad, siempre las mismas.

redes

La cosificación de la otra persona, especialmente de las chicas, la resumía gráficamente un joven: “Si veo a mi novia coqueteando o besándose con otro, a ella le escupo y a él le escacho la cabeza”. Ella es vista como un objeto, que no puede tener deseos propios, a quien repudia y desecha cuando no responde a sus expectativas. El otro, un adversario contra quien es legítimo usar la violencia en defensa de su propiedad. Exactamente igual que si le robara la bicicleta. Ni más ni menos.

Los puños son los de siempre, como la supremacía, la arrogancia y las emociones tóxicas… Pero sí se han incrementado los medios. En un mundo hipercomunicado al segundo, las posibilidades de hacer daño también se multiplican: mensajería insistente, fotos, vídeos, geolocalizadores…

Con todo, no creo en la demonización de las tecnologías de la comunicación ni en la mala fama de las redes sociales. Las veo como meras herramientas que también permiten grandes avances (democratiza la información, facilita el acceso a la cultura, potencia la comunicación, permite la socialización, posibilita el trabajo en equipo…). Todo depende de lo que hagamos con ellas.

Con un cuchillo puedo abrir panes y hacer bocatas para invitar a merendar a mis colegas. Claro que, con el mismo instrumento también puedo dar una puñalada. Solo depende de mí, nunca del cuchillo.

Mucho me temo que no solo las emociones tóxicas perviven. Sostenemos en el tiempo las mismas asignaturas pendientes: la educación en valores, el respeto por el prójimo, la empatía… Algo que, ciertamente, se difumina mucho más en el engañoso anonimato del ciberespacio.

Prohibiendo el acceso a las redes no garantizamos el buen uso. Solo logramos demonizarlas o, peor aún, mitificarlas.

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