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liberad el feminismo. Crítica al moralismo y el maternalismo

Morgane Meteuil es mujer, es feminista y es trabajadora sexual. Ejerce la prostitución de forma voluntaria y defiende su derecho a hacerlo. Rechaza las posiciones moralistas y maternalistas de algunas corrientes del feminismo, dispuestas a homogeneizar a todas las mujeres, definiendo un canon eurocéntrico, centrando la dignidad de las mujeres en el uso que haga de sus genitales.

Meteuil desmonta muchos de los mitos de la corriente feminista que tilda de “biempensante y burguesa “, resalta las coincidencias entre el argumentario abolicionista y el antiabortista, al tiempo que reivindica la coherencia con las exigencias históricas del feminismo, que siempre reclamó el derecho de las mujeres a decidir sobre sus propios cuerpos.

La autora reclama un feminismo realista e inclusivo: “El feminismo puede ser realmente emancipador reconociendo a cada quien el derecho a existir en su diferencia”.

Meteuil, militante del Sindicato de Trabajo Sexual francés (STRASS), afirma estar “a favor de disociar sexo y género, a favor de una concepción mucho más libre y desculpabilizadora de la identidad, mediante la deconstrucción de los papeles tradicionalmente masculinos o femeninos. Somos pro-sexo, pro-porno, pro-putas y estamos a favor de la libertad de llevar velo o, al menos, por una toma de conciencia de que no existe una prostituta, sino prostitutas; de que no existe una prostitución, sino prostituciones; de que no existe un velo, sino velos, y diferentes significados en el hecho de enarbolar ese signo. Solamente entonces se podrá calificar el feminismo de lucha por la dignidad de las mujeres, entendida como una lucha para que cualquier mujer sea considerada digna sean cuales sean sus elecciones.”

MERTUIL, MORGANE “Liberad el feminismo”. Edicions Bellaterra. Barcelona, 2017

con la pena no basta

Llevamos unos meses cargados de asesinatos machistas: hombres que prenden fuego a su expareja, que sacrifican a sus propios hijos para dañar a sus madres, entierros en cal, muertes a hachazos… El feminicidio no parece tener freno ni repudios. La alarma social es evidente, y con razones sobradas, aunque las Administraciones públicas continúan petrificadas en las lamentaciones y la condena, en los minutos de silencio y los funerales, incumpliendo su deber de intervenir, de poner freno a esta barbarie.

Los datos son escalofriantes, en lo que va de siglo, tan modernos que somos, el número de crímenes contra las mujeres no ha bajado en el Estado español del medio centenar, con un 2008 que alcanzó las 76 asesinadas. Y eso que las cifras oficiales no incluyen más que a las exparejas, dejando fuera de la estadística a familiares (hijxs, suegras…) y amistades.

Todo esto sin olvidar, además, que el asesinato no es más que la parte más llamativa de la violencia machista. Muchas de las agresiones físicas no se denuncian, ocultas por el tupido velo de la manipulación psicológica a las que someten los agresores a sus víctimas.

Es preciso actuar, tomar medidas concretas que frenen esta locura. La lágrima telegénica y el discurso sombrío ponen solemnidad en los actos, en los minutos de telediario que se dedican a estas cosas -cada vez menos, por cierto-, pero son inútiles. Faltan soluciones.

Y sí, por una parte hay que reforzar las medidas de protección a las víctimas y liberarlas de la responsabilidad de tener que denunciar y mantener la denuncia para que la justicia actúe, especialmente en los casos en los que la evidencia es latente. También, imposibilitar que padres sospechosos o imputados por violencia machista se reúnan a solas con sus hijxs. Por su parte, el Ayuntamiento de Madrid ha propuesto que se den ayudas a las mujeres maltratadas, mantengan o no sus denuncias, para posibilitar que se independicen económicamente del maltratador.

La solución es educativa. Es un remedio que no da resultados a corto plazo, pero los milagros culturales no existen. Hay que fraguarlos. Hay que reforzar la presencia de educación emocional, socioafectiva, en las aulas. Vale que buena parte de esta educación proviene del entorno familiar, pero la Administración tiene que intervenir en los espacios de socialización que tiene bajo su control y, entre estos, la escuela ocupa un lugar privilegiado.

En los centros docentes de Canarias, un miembro del profesorado asume el control de las acciones de Igualdad que se desarrollan en el espacio educativo. Sin dejar de ser una buena iniciativa, debería estar reforzado por agentes especializados que participaran en el desarrollo curricular y en la puesta en marcha de actividades fuera de las aulas que incidan directamente en combatir el machismo en todas sus manifestaciones.

La educación igualitaria debe salir también a las calles, a los barrios. A ser posible, a las plazas y los bares, allí donde estén los maltratadores potenciales.

Desarmar al agresor. Más allá de la cal, el hacha, la gasolina… el arma más letal del machismo es ideológica. Siglos de argumentarios y justificaciones suavizan estas agresiones, hasta legitimarlas en el subconsciente colectivo. La cosificación de la mujer está en la publicidad, en el porno online y en las tertulias de dominó, en los rituales masculinos de iniciación al sexo (en todas sus formas)… El sexo como relación de poder desigual, la pareja como posesión, la masculinidad como competición continua que no se puede perder, una orientación sexual y vital que siempre hay que demostrarse, a golpes si es preciso…

La bomba. En la educación de los hombres se cruzan tres cables que, como bombas de películas, hay que desactivar a contrarreloj. De una parte, nos dicen que podemos y debemos resolver los conflictos a puñetazos, imponer la ley del más fuerte para saciar nuestras impotencias y frustraciones. El segundo cable nos inculca que no podemos perder jamás, que tenemos que ganar a toda costa. La competitividad es cosa de hombres. Con el tercero, que multiplica la onda expansiva de los anteriores explosivos, nos castran el manejo de las emociones. Los sentimientos cuestionan al macho que debemos ser y/o aparentar. Con esta dinamita, la empatía se convierte en misión poco posible.

Una persona que no maneja bien sus emociones, de empatía más bien escasa, que quiere ganar siempre y cree justificado el uso de la fuerza es una auténtica bomba de relojería. A ver quién es el machote que la desactiva.

de símbolos y realidades

bandera LTGBI

En los últimos días, numerosas instituciones públicas se han sumado a la celebración del Orgullo LGTBI colgando banderas del arco iris en sus mástiles y, por supuesto, con sonrientes fotos de representantes políticos y activistas.

La práctica, novedosa y positiva en sí misma, no lo dudo, tampoco pasa de mera anécdota colorida en una realidad lamentablemente más siniestra.

En las aulas, a los chicos que quieren practicar danza, manifiestan su sensibilidad…automáticamente se les sigue cuestionando la orientación sexual de forma peyorativa. “Maricón” es insulto habitual en patios de colegios, bares, parques…

Cualquier mujer que manifiesta su ira o expresa seguridad en sí misma es tildada de masculina, cuestionándose simultáneamente su orientación sexual, como si fuera un factor a tener en cuenta y, además, negativo.

Seguimos reproduciendo roles de género, estereotipos, reparto de tareas sociales, culturales, domésticas, laborales… Considerando cualquier salida de la norma como peligrosa, negativa, insultante. El heteropatriarcado continúa campando a sus anchas, cimentando esta estructura que necesita parejas que se reproduzcan, mujeres que limpien y se encarguen de la crianza, personas aisladas del mundo en alianzas económicas hipotecables, dependientes…

Sin ir más lejos, en la misma sede del Parlamento de Canarias, donde esta mañana se sumaban a la celebración de la Igualdad que también significa el Orgullo LGTBI, encontrábamos el siguiente cartel a la entrada de una sala de reuniones para sus señorías. Queda mucho camino por recorrer…

GÉNERO

nuevos envoltorios para viejas emociones

En los talleres con jóvenes es frecuente que aparezca la legitimación de los celos como si formaran parte del amor. Incluso convertidos en condición y manifestación de amor: “Si no tiene celos y me los demuestra, no me quiere”. La letanía es vieja: posesión, inseguridad, desconfianza, aislamiento social de la pareja, mecanismos de control… Cambian los soportes y las tecnologías pero las obsesiones y su finalidad, siempre las mismas.

redes

La cosificación de la otra persona, especialmente de las chicas, la resumía gráficamente un joven: “Si veo a mi novia coqueteando o besándose con otro, a ella le escupo y a él le escacho la cabeza”. Ella es vista como un objeto, que no puede tener deseos propios, a quien repudia y desecha cuando no responde a sus expectativas. El otro, un adversario contra quien es legítimo usar la violencia en defensa de su propiedad. Exactamente igual que si le robara la bicicleta. Ni más ni menos.

Los puños son los de siempre, como la supremacía, la arrogancia y las emociones tóxicas… Pero sí se han incrementado los medios. En un mundo hipercomunicado al segundo, las posibilidades de hacer daño también se multiplican: mensajería insistente, fotos, vídeos, geolocalizadores…

Con todo, no creo en la demonización de las tecnologías de la comunicación ni en la mala fama de las redes sociales. Las veo como meras herramientas que también permiten grandes avances (democratiza la información, facilita el acceso a la cultura, potencia la comunicación, permite la socialización, posibilita el trabajo en equipo…). Todo depende de lo que hagamos con ellas.

Con un cuchillo puedo abrir panes y hacer bocatas para invitar a merendar a mis colegas. Claro que, con el mismo instrumento también puedo dar una puñalada. Solo depende de mí, nunca del cuchillo.

Mucho me temo que no solo las emociones tóxicas perviven. Sostenemos en el tiempo las mismas asignaturas pendientes: la educación en valores, el respeto por el prójimo, la empatía… Algo que, ciertamente, se difumina mucho más en el engañoso anonimato del ciberespacio.

Prohibiendo el acceso a las redes no garantizamos el buen uso. Solo logramos demonizarlas o, peor aún, mitificarlas.

´mujeriego´ no tiene femenino

taller

En un taller de Igualdad que impartía hace unas semanas, un joven se describía como “mujeriego”. Es habitual que los varones se definan así mismos por el deporte que practican -“futbolista”- o por presuntos rasgos de personalidad del tipo: “gracioso”, “simpático”, “buena gente”. Los más fanfarrones tampoco dudan en calificarse como “el puto amo” o “el dios”. Rasgos siempre relacionados con el protagonismo social que la división sexista de roles asigna al estereotipo masculino.

Le pregunté al grupo qué entendía por “mujeriego”. La descripción fue la esperada, así como la connotación positiva de esta presunta cualidad. Les pedí la palabra que define a una chica que hace exactamente lo mismo que este muchacho tan valorado por el grupo y la respuesta cambió tanto como la valoración. “Puta”, dijeron. Les invité a rebuscar, pero no encontraron ningún término análogo.

El grupo continuó identificando y desmontando las características del estereotipo masculino: valentía, competitividad, éxito económico, laboral, deportivo. Los chicos no olvidaron el mito de la disponibilidad sexual ni la constante actitud de cazador de los varones, algo que acabaron reconociendo como una de las cargas más pesadas del rol que nos imponen por haber nacido con pene. Incluido el presunto “mujeriego”.