motivos

con la pena no basta

Llevamos unos meses cargados de asesinatos machistas: hombres que prenden fuego a su expareja, que sacrifican a sus propios hijos para dañar a sus madres, entierros en cal, muertes a hachazos… El feminicidio no parece tener freno ni repudios. La alarma social es evidente, y con razones sobradas, aunque las Administraciones públicas continúan petrificadas en las lamentaciones y la condena, en los minutos de silencio y los funerales, incumpliendo su deber de intervenir, de poner freno a esta barbarie.

Los datos son escalofriantes, en lo que va de siglo, tan modernos que somos, el número de crímenes contra las mujeres no ha bajado en el Estado español del medio centenar, con un 2008 que alcanzó las 76 asesinadas. Y eso que las cifras oficiales no incluyen más que a las exparejas, dejando fuera de la estadística a familiares (hijxs, suegras…) y amistades.

Todo esto sin olvidar, además, que el asesinato no es más que la parte más llamativa de la violencia machista. Muchas de las agresiones físicas no se denuncian, ocultas por el tupido velo de la manipulación psicológica a las que someten los agresores a sus víctimas.

Es preciso actuar, tomar medidas concretas que frenen esta locura. La lágrima telegénica y el discurso sombrío ponen solemnidad en los actos, en los minutos de telediario que se dedican a estas cosas -cada vez menos, por cierto-, pero son inútiles. Faltan soluciones.

Y sí, por una parte hay que reforzar las medidas de protección a las víctimas y liberarlas de la responsabilidad de tener que denunciar y mantener la denuncia para que la justicia actúe, especialmente en los casos en los que la evidencia es latente. También, imposibilitar que padres sospechosos o imputados por violencia machista se reúnan a solas con sus hijxs. Por su parte, el Ayuntamiento de Madrid ha propuesto que se den ayudas a las mujeres maltratadas, mantengan o no sus denuncias, para posibilitar que se independicen económicamente del maltratador.

La solución es educativa. Es un remedio que no da resultados a corto plazo, pero los milagros culturales no existen. Hay que fraguarlos. Hay que reforzar la presencia de educación emocional, socioafectiva, en las aulas. Vale que buena parte de esta educación proviene del entorno familiar, pero la Administración tiene que intervenir en los espacios de socialización que tiene bajo su control y, entre estos, la escuela ocupa un lugar privilegiado.

En los centros docentes de Canarias, un miembro del profesorado asume el control de las acciones de Igualdad que se desarrollan en el espacio educativo. Sin dejar de ser una buena iniciativa, debería estar reforzado por agentes especializados que participaran en el desarrollo curricular y en la puesta en marcha de actividades fuera de las aulas que incidan directamente en combatir el machismo en todas sus manifestaciones.

La educación igualitaria debe salir también a las calles, a los barrios. A ser posible, a las plazas y los bares, allí donde estén los maltratadores potenciales.

Desarmar al agresor. Más allá de la cal, el hacha, la gasolina… el arma más letal del machismo es ideológica. Siglos de argumentarios y justificaciones suavizan estas agresiones, hasta legitimarlas en el subconsciente colectivo. La cosificación de la mujer está en la publicidad, en el porno online y en las tertulias de dominó, en los rituales masculinos de iniciación al sexo (en todas sus formas)… El sexo como relación de poder desigual, la pareja como posesión, la masculinidad como competición continua que no se puede perder, una orientación sexual y vital que siempre hay que demostrarse, a golpes si es preciso…

La bomba. En la educación de los hombres se cruzan tres cables que, como bombas de películas, hay que desactivar a contrarreloj. De una parte, nos dicen que podemos y debemos resolver los conflictos a puñetazos, imponer la ley del más fuerte para saciar nuestras impotencias y frustraciones. El segundo cable nos inculca que no podemos perder jamás, que tenemos que ganar a toda costa. La competitividad es cosa de hombres. Con el tercero, que multiplica la onda expansiva de los anteriores explosivos, nos castran el manejo de las emociones. Los sentimientos cuestionan al macho que debemos ser y/o aparentar. Con esta dinamita, la empatía se convierte en misión poco posible.

Una persona que no maneja bien sus emociones, de empatía más bien escasa, que quiere ganar siempre y cree justificado el uso de la fuerza es una auténtica bomba de relojería. A ver quién es el machote que la desactiva.

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intoxicaciones múltiples

No deja de ser paradójico que el ministro que promulgó la Ley contra la Violencia de Género vaya a ser procesado por un presunto delito de los que tipifica. Este caso, uno entre miles, nos recuerda que el machismo es una plaga que atraviesa todas las clases sociales, económicas, culturales, ideológicas…

Sin entrar en amarillismos innecesarios y dejando las sentencias en manos de la judicatura, salta a la vista que se concentran estos días los tópicos de la Violencia de Género: Él niega todo y acusa a la otra parte de maniobrar para obtener beneficios en el proceso de divorcio. Ella, sin negar los malos tratos, justifica al presunto agresor y se apiada afectuosamente de él. Mientras, y esto resulta lo más grave, los difusores del neomachismo disparan sus mitos y manipulaciones.

Hablan de un 50% de denuncias falsas cuando en la realidad, como señala el informe de la Fiscalía General del Estado, entre 2009 y 2013, suponen el 0,005%.

Tampoco desaprovechan la ocasión para tildar de calvario el trato recibido por los hombres. Parecen olvidar que en el Estado español la cifra de mujeres asesinadas este siglo no baja de 50 cada año, superándose en más de una ocasión los 70 asesinatos. En el peor de los escenarios, ¿qué significa una noche de calabozo si puede evitar otra muerte o una nueva paliza?

mucho por ganar

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Si no explicamos a los hombres todo lo que pierden por encasillarse en el género vinculado a su sexo, por permitir que le repriman y reprimirse tantos aspectos de su personalidad, tantas facetas de sus vidas; si no les convencemos de que les valdrá la pena el cambio… difícilmente se producirá. No se implicarán ni trabajarán por la igualdad.

Los cambios por presión de terceros, por agradar o mera solidaridad tienen corta vida. En el mejor de los casos, son minoritarios. Las verdaderas modificaciones en la actitud individual se producen por la convicción de que nos proporcionará una mejora personal.

Descargarse de la presión de ser el dominante, de liderar, de tener soluciones, ser intrépido y forzosamente inteligente, fuerte, valiente, llevar las riendas… La obligación de competir y ganar siempre. Poder explorar el territorio prohibido de las emociones, hablar y manifestar abiertamente los sentimientos, admitir el miedo y la duda, la propia ignorancia… expresar afecto sin tiranteces ni medias tintas… Son solo un puñado de las muchas recompensas que la igualdad entre personas, más allá de su sexo y de su género, pueden regalarnos a los hombres. ¿Te lo vas a perder?

algunos motivos

En este discurso falta algo fundamental y que está en la base de la motivación de los hombres feministas: nosotros también ganamos con la igualdad, recuperamos todo lo que el patriarcado nos ha castrado. Con el reparto cultural de roles entre géneros, los hombres también perdemos. Perdemos la sensibilidad, buena parte de las emociones, el derecho a comunicarlas y expresarlas, el contacto físico con los iguales, la emotividad… Somos educados como inútiles para la vida cotidiana, porque no se nos entrena en las habilidades mínimas necesarias para nuestro cuidado personal y de nuestras casas.